La historia de Don Iván y su amor por la caficultura

02-01-2018

A dos horas de Medellín, por una carretera que serpentea hacia lo profundo de la cordillera, se encuentra el municipio de Venecia, Antioquia. Hasta allá fuimos a conversar con don Iván, un caficultor que lleva 50 años cultivando y enseñando a amar esta tierra, rodeada de aromas casi olvidados. Nos recibió de poncho y sombrero, rigurosa etiqueta de la montaña, con una sonrisa paternal y un tintico caliente, y nos sentamos a conversar a la sombra de un naranjo.

Don Iván, ¿qué tal si nos cuenta un poco de su vida?

Mi nombre es Iván de Jesús Arango Posada, nací el 28 de noviembre de 1951. Gracias a Dios mis padres fueron cafeteros, porque cafetero es el que tiene la cuadrita de tierra, el que coge el cafecito, incluso los que vienen a compartir un tinto con nosotros, ¡como ustedes!… Todos somos una gran familia cafetera.

Don Iván tiene impregnado el color del café en la piel y en los ojos. Nos va contando, entre alegría y nostalgia, que trabaja en estas granjas desde los 14 años, primero cargando caña, luego jornaleando en los cafetales y, los últimos años, atendiendo a embajadores de todos los climas del mundo que vienen a conocer de cerca el café de Colombia. En esta misma finca daba charlas a caficultores de la región, y después de pensionado siguió apoyando estas labores porque, según él, “no era capaz de quedarme en la casa, aguantándome las ganas de hablar”.

Pero entonces, ¿usted viene de una familia de caficultores?

Sí, claro. Mi papá tuvo finca, aunque era una tierrita pequeña. Él y mi mamá trabajaron 11 años aquí en la granja. Eso fue en el año 67, había una situación económica muy complicada. Las familias eran muy grandes, en mi familia éramos 15 personas y trabajábamos mi papá, mi mamá y yo. Mi mamá y yo ganábamos 13 pesitos diarios, pero mi papá ganaba 7. Entonces eran por ahí unos 600… ¡pero no miles! Sino 600 pesos, para mercar para 15 personas… Con muchas enfermedades, con mucha dificultad. Mis abuelos estaban ancianitos ya, entonces muchas veces esa platica se iba en medicamentos…

Y luego usted formó su propia familia…

Sí, claro. Yo tengo mi señora, un hijo, una hija y 3 nietecitas.

¿Y a alguno le dio por seguir con el café?

No, mi hijo trabaja en una multinacional de motos. Él es feliz desarmando y armando motos, vendiendo repuestos, fierros… Él es feliz en eso. Cuando nos ponemos a conversar, yo le digo: “Ni siquiera me pregunte cómo estoy, a mí hábleme de café”. Y él me dice: “Y a mí hábleme de motos”. Entonces le contesto: “¿Sabe qué? ¡Vamos a tomar café a otra parte más bien!” (Risas) Y mi hija trabaja en un almacencito. Entonces ya en mi familia no se cultiva café, menos mal que tenemos el que nos da Colcafé. (Risas)

¿Entonces usted cree que el amor por el café es algo que se lleva es en la sangre?

Sí, es algo nativo. La labor de un caficultor comienza cuando vos sembrás el arbolito, comenzás a verlo como va floreciendo, se va llenando de frutos, luego se cogen las pepitas y se secan… Ya ustedes terminan con esa gran labor. Yo pienso que nosotros hacemos el 30%, pero el 70% es de otras personas muy importantes para el gremio. Para ir a todos los países a vender nuestro café se necesita mucha capacidad y eso es lo que ustedes hacen.

Yo tengo quinto de primaria y cien semestres de agronomía”, dice entre risas. Y parece broma, hasta que comienza a hablar de los componentes de la biomasa, de los hongos que descomponen el suelo para convertirlo en abono y del cambio climático, con una autoridad que solamente pueden dar los años. “Yo pienso que el tiempo más útil para un caficultor es conversar con un ingeniero agrónomo. Después de pasar 50 años con ellos, se termina empapado de conocimiento. Y uno mezcla lo que aprende de ellos con lo que aprendió de sus padres y otra cantidad de cosas, y termina dándose el champú de tomarse un tintico con los de Colcafé”.

En su voz suave y reposada, que por momentos casi se confunde con los sonidos de fondo de la montaña, se nota que el café ha sido el amor de su vida.

Después de 50 años como caficultor, ¿qué es lo que a usted le hace tener más amor por el café?

Lo que yo más llevo con amor en el corazón es la variedad Colombia. El café que nos dejaron nuestros antepasados es excelente, pero era de origen arábigo; el caturra es brasilero, el borbón tampoco es de aquí. Pero ahora tenemos nuestro propio café, del que también se hace vino, aromas, esencias. Eso es un orgullo para nosotros. Es que estos hombres que lograron crear nuestro propio árbol de café son unos genios, ¡y colombianos! Ahora sí se puede hablar de café 100% colombiano.

Don Iván, ¿cuál es su café favorito?

Así que me sacuda, que uno diga: “me tomé un buen café”, el de Colcafé. Es un orgullo, es café de Colombia que sabe de verdad a café. Ya en todas partes se puede conseguir café muy bueno, por todas estas fincas, pero no hay como tomarse su tintico, su viejo tinto… Es que Colcafé ya tiene 65 años en el mercado. Es un café que sabe distinto.

¿Y usted a qué horas se toma el primer café? ¿Con qué se lo toma?

¡Ojalá me lo pudiera tomar a las 3 de la mañana! (Risas). Yo a las 6 de la mañana me tomo más o menos 3 pocillos, con arepa y huevo. Cuando llego aquí me tienen otro cafecito. Por ahí tengo un termo guardado por lo que ocurra… ¡y siempre ocurre! A las 10 me tomo medio termo y a las 3 me tomo el otro medio. Después cuando llego a la casa me tomo otra tazada con dos tostaditas para requintar (Risas).

O sea que usted toma café todo el día…

Todo el día. Uno anda siempre con el termo, dos botellitas, y todo eso llega vacío a la casa.

Don Iván, ¿qué diría usted que es lo mejor que el café le ha dejado en su vida?

¡Mucha satisfacción! Yo me pongo a recordar el día en que sembré mi primer palito de café… Es que para mí el café es la vida. Yo pienso que en Colombia el que no ame el café es porque no ha tomado café. Pero el día que usted se tome su tinto, ojalá que lo haya sembrado usted mismo, ahí sí que le coge cariño.

El sol del mediodía se empieza a levantar altivo sobre las montañas. Don Iván mira hacia la casa y dice: “Caminen, muchachos, nos tomamos otro tintico”. Al despedirnos nos recuerda: “Por aquí a la orden, cuando quieran volver. Nosotros ya estamos viejos y nos queda es guiarlos a ustedes de la mano, así como ustedes nos enseñan en la ciudad. Son dos mundos distintos pero solo necesitamos unirnos, todos dependemos de todos”.

De regreso a la ciudad, fue inevitable detenernos por un último café, esta vez brindando a la salud de don Iván.

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